Quién es

La divinidad de los Istar, traída desde Sahraem. Un dios antiguo, siempre dormido bajo capas de roca y mineral, símbolo de esperanza y persistencia. No es un dios de gestos ni de intervención. Es un dios que permanece, y esa permanencia es el centro de toda su fe.

Cómo se lo venera

Sus creyentes no lo veneran con plegarias constantes ni ceremonias públicas. La fe en El Eterno se sostiene en la espera, la persistencia y la aceptación del paso del tiempo como una prueba en sí misma. Su silencio no se interpreta como abandono, sino como fortaleza. Creer en él es confiar en que resistir, día tras día, ya es una forma válida de devoción.

Esa devoción se manifiesta en actos cotidianos más que en rituales: trabajar la piedra sin apuro, reparar en vez de reemplazar, soportar el dolor sin queja, no abandonar lo construido. Para sus fieles, cada golpe de martillo, cada túnel que se sostiene, cada espera prolongada, honra a un dios que permanece inmóvil mientras todo lo demás cambia alrededor. El Eterno no promete salvación inmediata. Promete algo más duradero: seguir estando cuando todo lo demás colapse.

Relación con la Iglesia

La Iglesia de la Última Llama le permite convivir porque no es una fe activa. No hace proselitismo, no desafía dogmas, no compite por fieles fuera de su comunidad de origen. Priorizar la espera y la confianza por sobre la acción la vuelve, a los ojos de la Iglesia, una religión inofensiva antes que una amenaza, algo muy distinto a lo que representa un culto como la Carne Marchita.